Ira.

Fuego y sangre, hueso y acero, venganza y justicia, infierno y paraíso, furia y rabia, luces y sombras.

El mundo es cruel, no malévolo ni sanguinario sino cruel: es lo que es y provoca lo que provoca sin el menor remordimiento. Los humanos, sin embargo, somos harina de otro costal pues hasta los demonios contemplan asombrados que nuestra mayor cualidad es la miseria, la venganza y la destrucción. Destruir no requiere tanto esfuerzo como crear, y a la larga se hace más divertido.

Arruina, abrasa, destroza y desgarrale la vida a un hombre, y observa como se derrumba hasta enloquecer o como se yergue para arrojar sobre ti el infierno como solo alguien, que ya no es ni dueño de si mismo, puede hacerlo.

Crees haber pasado un infierno, crees que no puedes experimentar más dolor, crees que no podría ocurrirte nada peor...que equivocado estás. Siempre habrá un pozo más profundo al que caer y nunca habrá un abismo insondable hasta que mueras. Ni siquiera enloquecer te libra de todo el dolor, no puedes evadirte de la realidad totalmente pues siempre se filtrarán atisbos del infierno. 

Siempre habrá dolor, eso es una verdad innegable. Se puede evitar o retrasar pero al final siempre llegará. Sin embargo, esa no es la cuestión sino la acuciante duda de ¿qué harás tras recibir una dosis , más o menos significativa, de sufrimiento? ¿Acaso te lo guardarás sin más? ¿Vertirás todo tu dolor sobre quien te dañó, como si fuera ponzoña? ¿O sobre el mundo entero para que así sientan lo mismo? 
Ningún desenlace es correcto o incorrecto, unícamente es. Entonces dime, ¿qué camino tomarás?


Venganza, que hermosa palabra. Mil recuerdos y experiencias recorren mi mente al pensar en ella.
No sé que me asusta más, una fría y sosegada venganza que espera pacientemente hasta clavar el puñal hasta las entrañas más profundas, o una venganza rabiosa y enfermiza que no conoce límite ni objetivo.
Ambas generan violencia, ambas son comúnes y ambas traen consigo un ciclo interminable de violencia que no tiene parangón ni fin en el que viejas rencillas abren nuevas heridas, desconociendo ya quien en la lucha es el bueno y el malo pues son ya tan antiquísimas las razones que inducen a los conflictos que ya nadie se acuerda de ellas.

Es bien sabido que todo hombre sabio teme la ira de un hombre amable pero desconocemos cuán acertada es realmente. No alcanzamos a comprender que la mayor disparidad reside en los máximos y los mínimos, la gente no se decanta por los bordes sino que se mantiene en la media por eso la ira de un hombre amable es tan terrible porque rompe su cara hasta dejarla irreconocible, y transformarla en una careta desconocida que guarda las puertas del infierno.

Comentarios