Una guitarra sin música.
Una guitarra yace en la esquina, hace ya que la música no danza por sus cuerdas. Hubo un tiempo en el que alguien la sacaba de ese rincón y la usaba, aunque nadie lo sabe ya con certeza. Las muescas de desgaste en su cuerpo así lo hacen creer.
Somos susurros que recorren el espacio que ocupa una habitación sin paredes, existimos en la medida que chocamos entre nosotros. Desperdiciando la vida al pensar en las consecuencias de acciones efímeras. Seres conscientes carentes de comprensión para la circunstancial complementariedad de los cuerpos.
Veo retazos de pecados en los ojos de los que adoráis. Humanos y dioses degollados por el peso de la conciencia. Me estremezco al contemplar lo que aquellos que dicen haber alcanzado el libre albedrío son capaces de hacer en enarbolación de sus supuestos valores.
Veo violencia justificada con justicia. Veo corrupción camuflada de clemencia. Veo, como todo el mundo, las sombras que envuelven al mundo en su aparente belleza. Me veo y no me veo, me encuentro y me pierdo, me recuerdo y me olvido, atravesando sin presteza un espacio hueco.
¿Qué somos sino aquello que se refleja? Aciagos espejos que devuelven el rostro antaño desvanecido de un ente desfigurado por el paso rasposo de sus propios actos. Carente de piedad ni misericordia, cargado de infames pecados contra el inequívoco propósito del hombre.
Creo que maduramos cuando dejamos de preguntarnos entre lamentos "¿por qué a mí, por qué de entre todas los presentes me pasa esto?", simplemente aceptas lo que ocurre y prosigues tu camino.
Hallando en la cumbre el descanso del alma descubierta de daños ni protecciones, contemplando un paraje indigno del dolor y sangre derramados en su nombre. Indignos de los dotes otorgados por el mero hecho de existir, carne que percibe el mundo, y carne que lo transforma.
Existencias blasfemas contra la vida en sí misma. Ojos que no ven, oídos que no escuchan, manos que no distinguen, boca que no habla. Secuaces y títeres guiados por sombras invisibles que les alientan a odiar. Estamos vacíos por dentro, nadie nos ha enseñado cómo vivir.
¿Por qué rehuimos del rostro en el espejo? ¿Por qué bajamos la mirada al caminar? ¿Por qué ese desprecio por existir? Despertarse para volver a acostarse, repetir el ciclo inalterable, no distinguir unos días de otros...¿cuál es el objetivo que te has propuesto en la vida? ¿Quieres ser feliz, amable, famoso, culto, déspota, una sombra, un reflejo, un sol, un asesino? ¿Qué es lo que quieres hacer con tu vida?
¿Vivimos porque tenemos miedo de vivir, o porque realmente lo deseamos? La brisa marina, el mar infinito, la vista desde una montaña, las gotas de lluvia... Un hambre que duele y te retuerce las entrañas, la enfermedad que debilita y se lleva la vida, la sangre derramada que recorre cada estría de tu piel, el odio contra la existencia misma.
Baladas de cuna que entonan sueños de mundos rotos, reconfortante calor de los cuerpos próximos que alejan la melancolía del querer y no poder, aciaga soledad y aciago ennegrecimiento de la voluntad. Podredumbre que empobrece la ya pobre probabilidad del proverbio prohibido.
¿Qué es real y qué no lo es? Contempla tus alrededores, ¿acaso no ves los patrones? Hojas que danzan, pétalos putrefactos, el cadáver sobre nuestros regazos. Nosotros lo matamos y nosotros lo olvidamos. Repetir, repetir el ciclo, repetir. Condenados a un castigo apremiante en cuerpo y mente.
Apunta la luna al dedo, el resto aparta la mirada. Es el pecado y es la consecuencia mas no es castigo ni condena. Arrepentimiento por acciones santificadas, crucifixión al revolucionario. No entréis dócilmente en la desasosiega noche. Rabia, rabia, rabia y ferocidad contra la agonía del resplandor.
Descorrer el velo que enturbia la mirada de lo que se necesita desnudar. Mirar lo que ocultan los ojos, y entender que el humo es lo que menos entumedece la visión. Rastros de lo que fuimos, y marcas de lo que somos, ¿quién podría recordar lo que seremos? Mundo en llamas. Pan y circo. Parsimonia consensuada.
Zarandear los cuerpos. Sacudir las telerañas. Despertar del letargo. ¿Quién me arrancará los párpados? Pienso que estoy y luego me esfumo, y vuelvo a aparecer de nuevo. Mi tiempo se me escurre antes de poder regalarlo. Miro adelante y veo mi sombra, miro al suelo y me caigo, ¿qué es lo que nos espera?
Luz que destapa los pecados que el hombre diminuto trata de esconder. ¿Quién será la luz? Corazones llenos de odio reclaman aquello de lo que carecen y no les pertenece. Escuatas raíces que tratan de aferrarse a un suelo consumido. ¿Por qué no osáis crecer hacia arriba?
Sentimiento de inferioridad que rezuma por sus poros. ¿Qué hacer si no perteneces a ningún sitio? Vidas vacías, carentes de objetivo. Oh, ¿dónde encontrarán un propósito si no es en el fango? Solo resta odiar, odiar lo que es fácil de atar, odiar lo que te dicen de odiar, odiar hasta que sea lo único que te haga humano.
¿Qué hacer cuando los ojos no quieren ver?
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