Las ciudades sutiles III:
Vestigios de aquello que quizás fue.
Vista de aquello que quizás es.
Panorama de aquello que quizás será.
La línea que separa el pasado, el presente y el futuro es muy difusa. Es, de hecho, casi inexistente. He hecho, puede ser que no exista. De hecho, puede ser que nunca haya existido. De hecho, puede ser que nunca exista.
¿Qué se supone que debe de dar tangibilidad a un mundo tan subjetivo? ¿Qué está dotado de fehaciente verdad sin necesidad de cualquier tipo de duda?
Cuando la memoria se pierda, el cemento se seque, el ladrillo se resquebraje, la madera se pudra y el hierro se oxide...¿qué quedará después de que nos hayamos ido?
¿Nos recordarán por lo que fuimos o por lo qué hicimos? ¿Se nos juzgará con vehemencia o nuestro nombre será escupido como una truculenta blasfemia?
La historia no es más que una patraña. Creemos lo que creemos porque es más fácil que pensarlo por nosotros mismos. No vivimos más que en una burbuja de creencias acertadas e incuestionables, y que se sustituyen e intercambian en el tiempo glorificandose a sí mismas y despreciando a la anterior y a la futura.
Es demasiado cómico y triste el pensar que no importa en que creas, tu vecino te tachará de inepto como poco y de loco como término medio.
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Vestigios de aquello que quizás fue, panorama de aquello que quizás es, premonición de aquello que quizás será. Cuán sutil es la ya difumida línea que separa el pasado, el presente y el futuro de los mortales. Puede ser que ni siquiera exista, puede ser que nunca haya existido o puede ser , incluso, que nunca exista. ¿Cómo hemos logrado la colosal hazaña de hacerle creer al mundo nuestros más mundamos caprichos? ¿Cómo hemos conseguido creer, como un verdad innegable, que el tiempo rige de algún modo en el mundo? ¿Cómo te permites creer, ni que fuera por un instante, que el tiempo es algo más que polvo arrastrado por el viento?
La historia, tan valioso y mortífero utensilio, no es más que la sucesión de presentes que se cimientan en las ruinas del pasado, y que serán el estrato del futuro incierto. No es más que un títere movido a los antojos del humano de turno. Ni siquiera la historia resiste el implacable paso del tiempo pues cuando la memoria se nuble, el conocimiento se olvide, la madera se pudra, los huesos se desintegren y el hierro se oxide, no quedará nada ni nadie que defienda la veracidad de un hecho olvidado, inmemorial y carente de importancia alguna. ¿Cómo saber si un hecho fehaciente e innegable no es más que una burda patraña inventada o adulterada? ¿Importa realmente cuestionarse sobre la verdad o es mejor disfrutar del escaso tiempo del que disponemos?
Cada ser humano confía en las ideas y creencias que ha recogido por el camino, cada uno habita su propia burjuja de pensamiento presente, la cual cambiará por una nueva y reluciente en cuanto la antigua se quede obsoleta y deba ser renovada sin mayor dilación. Pero lo más triste y cómico es que no importa en que creas, tu vecino te tratará de inepto como poco y de loco como término medio si sus creencias difieren de las tuyas. Al menos por el momento esto continuará siendo así hasta que un único pensamiento impere en el mundo.
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