Cuentos de cuna II.

El tiempo corrió y el niño no hizo más que fortalecer sus hábitos. Como el cemento que fragua con el tiempo, al final se volvieron inquebrantables e insustituibles. También había momentos felices... un cumpleaños un día, una fiesta otro, pero estos se hicieron progresivamente más lejanos entre sí. 

LLegó un momento, un glorioso momento, en el que ya nada lo sacaba de su casa salvo ir al colegio. Era un forastero en su propio pueblo, un ciudadano sin identidad, un extraño en su propia casa. No tenía ningún hilo que lo uniera con sus compañeros de escuela, no tenía lazos que lo acercaran a sus antiguos amigos, no tenía cuerdas que lo amarraran a su familia...incluso llegó a perder las cadenas que lo ataban a la vida, pero ese es el cuento que toca en otro momento.

Se encerró cada vez más en su burbuja personal...era feliz claro, sus convicciones y hábitos se volvieron duros y rígidos como una hoja de frío acero de Ramston. Vivía en una burbuja maravillosa y perfecta, pero la burbujas no suelen tardar mucho en explotar, la suya no fue una excepción. 

Ese mundo alterno que había creado para él solo se había desmoronado en cuestión de segundos, después de varios años de vivir en un sueño ya no sabía como relacionarse con sus semejantes. Era un pez fuera del agua. Un animal doméstico que habían soltado en la jungla. Un ser adaptado a otro entorno que ahora tenía que vivir en la realidad.





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