Texto: Un artista del hambre (final)
Dejad de hacer ruido. Hay un silencio que se sobrepone a todo ese ruido, es un silencio ancho y profundo como el final del otoño, es el silencio de las flores recién cortadas, es el silencio de una gran roca alisada por las aguas de un río...es el silencio de un hombre que espera impasible su muerte. Erosión. Herrumbre. Putrefacción. Nada escapa de la atronadora carrera de los cuatro jinetes. Sin guerra no habría paz, sin hambre no habría saciedad, sin muerte no habría vida, sin conquista no habría devenir.
Enlenteced vuestro andar. Frenad vuestra carrera. Calmad vuestra mente. Parad, retoños de una sociedad en decadencia, avanzáis muy deprisa, queréis verlo todo, hacerlo todo, sentirlo todo. Parad de una vez o me temo que ya no seréis más esa vida deseosa de sí misma, esa vida sosegada y atenta a sus necesidades más básicas. Os estáis alejando de lo que érais, si es que en algún momento fuisteis algo más que polvo en breve suspensión.
Vuestro tiempo es efímero, el de otros es estático. Su monotonía acaba asemejándose al de un charco de agua estancada, igual de enturbiada cada día, y es que estos pesan cada vez más para el artista. Dueño de su propia creación. Altivo de sus propios actos. Orgulloso de sus resultados. Deseoso de mostrar al mundo sus dones.
Su orgullo pervivió hasta que cesaron sus ganas de seguir con la farsa que había sido su vida. Una cruel broma que el destino estuvo fermentando desde el momento de su nacimiento. Desde el momento en el que sus inservibles papilas gustativas le negaron degustar los sabores de la vida, esos escasos y maravillosos momentos en los que disfrutas y te deleitas con ella. Esos preciados y cortos momentos en los que puedo disfrutar de su compañía. Pero el tiempo es, nuevamente, efímero y yo me indigno al pensar en el patán que por primera vez dijo que lo bueno, si breve, dos veces bueno.
El silencio ocupa una diminuta esquina en este mundo, la sociedad está abocada a su destrucción, la velocidad y versatilidad de sus masas te hacen ser parte de las olas y presa indefensa de su embiste casi al unísono. El cambio, la rapidez, el devenir…tiemblan los cimientos de la sociedad, sus valores son más pasajeros que las personas a las que influyen. Parece que el tiempo ni siquiera existe, es como si fuera un constructo humano.
Y en medio de todo este universo entrópico donde nada se mantiene estático, hay unos pocos seres que se aferran, desesperados, a unos maderos que se desintegran por momentos. Sin luz. Sin sabor. Sin esperanza. Subsistiendo a base de cortas cerillas que ella me proporciona para no perderme en la oscuridad del abismo.
Todos avanzamos a oscuras en algún momento, algunos se acostumbran a la penumbra y avanzan con paso incierto puesto que ni destino ni camino tienen, otros encuentran luz y caminan con paso seguro, sin miedo a perderse, también hay quienes enloquecen y tienen que esconderse en el refugio que supone su mente, evadirse del dolor de la realidad.
Es interesante darse cuenta de que todos estos están sujetos a las mismas experiencias, y que cada uno tiene su esencia propia. Unos buscan belleza, paz, sin guerra algunos no pueden vivir. Soledad o compañía, tristeza o alegría, odio o amor. Tantos senderos que recorrer, tantas posibilidades por explorar.
¿Acaso la vida no es eso; elegir un camino, decidir entre infinitas opciones? ¿Qué secretos escondes en tu corazón? ¿Qué anhela tu alma? ¿Qué es incapaz de salir de tu mente? Háblame de aquello que despierta la llama de la esperanza en ti, háblame de tu esencia, de aquello que te conforma y diferencia. Háblame de quién eres.
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