Ruido.
Precisamos de ruido para vivir sin miedo. No creo que existan muchas personas con la capacidad de prescincir de estímulos constantes que te permitan escabullirte del silencio que supone estar solo. Es una realidad innegable afirmar que en algún momento de nuestras vidas nos sentiremos solos, y cuando ese momento finalmente llegue no habrá otra solución más que rellenarlo con ruido. Porque mientras haya ruido no habrá silencio, y mientras no haya silencio, no habrá miedo.
El miedo es un sentimiento inherente al ser humano, inarrancable de su naturaleza. Es, además, un mal necesario junto con el dolor. Pues éste, al igual que el primero, cumplen una función biológica que, si fuera de otro modo, nos dejaría expuestos a los peligros del mundo. Del mismo modo que el dolor te advierte de que has sufrido algún tipo de daño, el miedo tiene su razón de ser.
La función biológica que otorgo al miedo es la de prevención. Cuando una situación nos alerta, cuando un comportamiento nos altera o cuando un suceso nos deja perplejos, es ahí donde entra el miedo. Temes porque al temer te preparas para lo que pudiera pasar. Una situación extrema quizás precise de un chute de adrenalina, pese a que no obstante acabe resultando innecesaria.
El "sentido arácnido" no es más que eso; la máxima evolución de un miedo racional, el punto álgido de un sentido previsor. Pero no podemos vivir aterrados de lo desconocido, no podemos temer al silencio... Aún así se sabe bien que la mejor forma de no experimentar un miedo es no enfrentarse a él. Por eso cuando reina el silencio durante unos instantes tratamos de hacerlo desaparecer con cualquier tipo de ruido. Porque, de no hacerlo, sería como clamar que no se tiene miedo al silencio de la soledad.
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