Condena
Una sentencia de ejecución en nombre del pueblo francés, o chino, o alemán, una realidad tan insustancial tal como lo es una mera declaración de intenciones, se convierte en una realidad tan palpable como lo son estas paredes que me encierran.
No dudé. Supe que en el mísmisimo segundo en el cual se dictaminó el veredicto la maquinaria se había puesto en marcha, sus engranajes, el papeleo necesario para decapitar a un hombre, básicamente los procedimientos apropiados. Debí haber haber leído más relatos de fugas.
Uno nunca sabe cuando le serán necesarios. Me han cambiado de celda. Quiero ver el vestido de Marie. ¿Lo quiero ver? No, es la rutina lo que quiero que vuelva. Supongo que es eso, aunque uno se acostumbra a todo, ¿no? Incluso a la muerte.
Marie lleva días sin escribirme. Puede que esté enferma, o que haya muerto. Puede ser, ya que nada une ya nuestros cuerpo, ¿ni siquiera el recuerdo? No la culparía por estar en brazos de otro hombre, o por no llorar mi muerte. Nadie debería llorar por una muerte ni siquiera por la suya propia.
Todos estamos condenados a morir. ¿Importa acaso el momento? ¿O el modo? ¿O el motivo? ¿Qué más me da si he tomado ésta y no aquella decisión? ¿Qué me importa nada? Sé que Dios ha muerto, y ya nada tiene importancia. Hasta mis pensamientos son ahora inculpatorios, pues ya son míos.
Solo sé que he sido feliz y aún lo soy, y solo espero que el día de mi ejecución me reciban con proclamas de odio para que, tal como en mi juicio, no esté solo en mi condena.
-Reescritura de El extranjero de Albert Camus.
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